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Cruce entre Perdido y South Rampart |
[[ En plena fase de documentación y revisión de la bibliografía de Nueva Orleans y los orígenes del jazz, recupero un antiguo texto publicado en Cuadernos de Jazz en octubre de 2012 sobre mis impresiones tras visitar por primera vez la ciudad; el mito caído ]]
La confluencia entre Perdido y South Rampart es mucho más que un simple cruce de calles. En
ese punto exacto se situaba el Odd
Fellows Hall, uno de los antros que encumbró a Buddy Bolden como primer rey del jazz. Justo en el piso de arriba
estaba el Masonic Hall Ballroom, detrás
el Eagle Saloon, a unos metros, el emblemático
Funky Butt, lugares donde el
primigenio jazz de Nueva Orleans tomó su forma. El propio Bolden nació y creció
a unas calles de distancia y frecuentaba las tiendas y tugurios de la zona.
El mismo bloque, en el número 427 de South Rampart, acogía
el domicilio de los Karnofsky,
familia judía que apadrinó a Louis
Armstrong y jugó un papel
fundamental en su desarrollo musical. Gracias al dinero ganado trabajando para
ellos, el pequeño Louis pudo adquirir su primera corneta. No era raro, además,
verle pasear con su carretilla para repartir carbón por los establecimientos
del barrio. De hecho, Armstrong pasó su infancia, en el 1223 de la calle Perdido, a escasas
manzanas de allí.
En los difusos años que comprenden el cambio del siglo XIX
al XX, el área Perdido-South Rampart fue el vecindario –entre otros muchos- de Jelly Roll Morton, el ‘inventor’ del
jazz; de Joe ‘King’ Oliver, maestro
de Armstrong y fundador la reputada Creole Jazz Band, o de Nick LaRocca, de la Original
Dixieland Jazz Band, primera banda de jazz en grabar un disco. Lo
más laureado del jazz de Nueva Orleans. Algunos historiadores han llegado a bautizar
este vecindario como el Storyville negro.
Por ello, el cruce entre Perdido y South Rampart no es un punto más del
callejero de Nueva Orleans, sino que podríamos aventurarnos a describirlo como
el verdadero lugar donde surgió el jazz.
El blues de la calle
Perdido
Pues bien, esta zona ha sido literalmente borrada del mapa
en el Nueva Orleans del siglo XXI. Pude comprobarlo con mis propios ojos entre
lástima, decepción e impotencia durante un viaje realizado este verano en busca
de las raíces de la música afroamericana. Para cualquier amante del jazz, entre
los que obviamente me incluyo, Nueva Orleans representa un lugar de peregrinaje
obligado, una especie de meca musical en la que adentrarse y dejarse sorprender
por sus sonidos, sus gentes y su ambiente.
Pero al mismo tiempo, uno no era tan ingenuo como para pensar que todavía
pervivía ese Nueva Orleans mágico e idealizado que, en ocasiones, se describe
los libros o en las películas. Así que un punto intermedio entre ambas imágenes
–pensaba yo- podría ser el Nueva Orleans actual. Nada más lejos de la realidad…
El eje Perdido-South Rampart forma parte hoy de Central
Business District, un remodelado barrio apenas transitado por peatones que acoge
algunas sedes administrativas de la ciudad, como el Ayuntamiento o el Hospital
Universitario de Tulane, así como el mastodóntico Superdome de Louisana, el recinto
deportivo más grande de todo el estado. Un cuadro un tanto macabro donde
parcelas vírgenes se intercalan sin criterio con hoteles impersonales,
rascacielos y parkings vacíos. Tan solo tres históricos edificios,abandonados,
en mitad de la nada, totalmente desvencijados, quedan en pie. Si no fuera por
un panel informativo que recuerda vagamente los ilustres tiempos pasados del
barrio, pasarían inadvertidos para el osado caminante que se acerca hasta allí.
No hay restos de las carnicerías, zapaterías o barberías que
dieron color al barrio tiempos atrás. Ni por supuesto de los salones, salas de
baile y clubs que sirvieron como banda sonora. Ni una mísera placa que recuerde
‘Aquí nació Buddy Bolden’ o ‘Aquí vivió Louis Armstrong’. El dibujo de un
clarinete gigante, ‘The Clarinet’, en uno de los muros de un Holiday Inn, es el
único homenaje que la ciudad hace a
su pasado. Parece estar escrito en su destino. Los españoles le dieron el
nombre de Perdido porque después de una gran tormenta la calle parecía
‘perdida’ entre el lodazal. En 2012 otro tipo de barro ha sepultado para
siempre aquellas notas que bullían de allí. Un panorama amargo, que
afortunadamente nunca podrá ser enterrado del todo gracias a canciones como el
eterno blues de Armstrong, Perdido Street blues.
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Estatua a Buddy Bolden / Louis Armstrong Park |
Se lo llevó el
huracán
Es complejo y doloroso intuir los motivos de este abandono. Supongo
que una ciudad tan castigada por los fenómenos meteorológicos no puede
permitirse el lujo de regodearse excesivamente en sus tiempos gloriosos porque llega
el huracán y lo arrasa todo. Siete años después, la huella del Katrina todavía se deja sentir en la
ciudad. El efecto que produjo es incalculable. En el mismo Canal Street, la
arteria principal de la ciudad, a medida que uno se aleja de las lujosas
cadenas hoteleras que miran al Mississippi, pueden verse edificios a medio caer,
teatros desvalidos, señales rotas o aceras levantadas.
Yo mismo sentí la ‘experiencia Nueva Orleans plena’ al verme recluido dos días en la habitación
del hotel por los efectos de huracán Isaac, el más fuerte en asolar la ciudad
después del Katrina. En Nueva Orleans las tormentas no son ninguna broma: toque
de queda, población evacuada, ciudad fantasma -tan solo ejército y periodistas
transitando por las calles-, inundaciones y cortes de luz. A pesar de la
cotidianeidad con la que sus habitantes las reciben, se nota el respeto que
tienen hacia toda corriente de aire que provenga del Golfo de México.
El jazz como cliché
Pero el huracán no vale como excusa para todo. Una cosa es mirar al futuro y aferrarse al
‘carpe diem’ y otra muy distinta despreciar el pasado. Da la sensación de que
el jazz en Nueva Orleans ha quedado reducido a un simple cliché para atraer
turistas, más que a un orgulloso legado al que rendir homenaje y preservar. Todo
gira en torno al jazz. El aeropuerto internacional de la ciudad se llama Louis
Armstrong. En el hotel en el que me alojaba, las salas de banquetes recordaban
a Buddy Bolden, Jelly Roll Morton, Sidney Bechet o Louis Armstrong. En las tiendas de souvenirs, el jazz se utiliza como
reclamo para camisetas, pósters, imanes, postales o calendarios. Y por supuesto
en el French Quarter, distrito turístico, cientos de clubes tienen la palabra
jazz en su puerta aunque luego lo que se escuché allí dentro no tenga nada que
ver.
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Casa natal de Jelly Roll Morton |
En cualquier ciudad del mundo la tienda ultramarinos en la
que trabajó Louis Armstrong o el comentado Odd Fellows Hall serían museos. En
Nueva Orleans son edificios dilapidados, olvidados y en el mejor de los casos, clausurados.
No lo digo yo, lo dice el actor Wendell
Pierce, oriundo de Nueva Orleans, famoso por dar vida al pendenciero
trombonista Antoine Batiste en la serie de la
HBO Treme. Y así es. El año pasado estuve
en Liverpool y pude apreciar in situ
cómo cualquier rincón que tenga que ver los Beatles es ampliamente venerado (a
veces hasta la extenuación). En Estados Unidos, en este mismo viaje, fui
testigo de casos extremos como Graceland, en Memphis, mansión de Elvis Presley,
donde cualquier objeto del ‘Rey’ supone motivo de culto. O en el lado opuesto,
Mississippi, donde a pesar de la sensación de ‘rincón del fin del mundo’,
gracias a la altruista señalización de la organización ‘Mississippi Blues Trail’ es posible visitar (sin perderse por carreteras
secundarias) la tumba de Charley Patton, el lugar de nacimiento de Robert
Johnson o la plantación Dockery. Un simple poste y unas líneas explicativas. No
es necesario más… En Nueva Orleans entidades como la Louisiana Landmarks
Society o el Registro Nacional de Lugares Históricos están intentando recuperar
todos estos lugares del jazz, pero de momento los intereses económicos o las
corruptelas políticas parecen haber ganado la partida.
¿Dónde está el jazz
de Nueva Orleans?
Entonces dónde situamos esa imagen archi-repetida de ciudad
musical y bulliciosa, en la que el jazz brota a la vuelta de la esquina. ¿Dónde
está el jazz de Nueva Orleans? ¿En los discos? ¿En los libros? ¿En las series?
¿En los clubs? ¿En la calle? Desde luego, la ciudad conserva un buen puñado de
librerías recomendables para perderse en su interior, músicos callejeros,
música en directo…etc. Pero, ¿y su esencia? El Storyville histórico –situado al norte del
French Quarter- la zona que congregaba los lupanares y las casas de citas era,
antiguamente, el barrio donde creció y se expandió el jazz. Allí estaban el Lulu White’s y el Frank Early’s, dos salones que empleaban con frecuencia a pianistas
de jazz. Jelly Roll Morton era uno de los habituales. Hoy en día está soterrado por viviendas sociales
–eufemismo para hablar de barrio chungo-,
una comisaría de policía y, como no, parkings. En ninguna guía turística viene,
nadie parece estar interesado en ir hasta allí. Los nuevos residentes
desconocen el jugoso pasado musical del terreno donde se asientan sus hogares.
Eso sí, se muestran amables y locuaces para alertar al visitante arqueológico de los peligros que supone bucear
en el legado del legendario Distrito Rojo. Hasta en tres ocasiones fui
advertido para no entrar. Y por supuesto, no entré.
Justo al lado de lo que queda de Storyville (nada), tras
pasar el cementerio de San Luis, encontramos uno de los pocos espacios
históricos que sí se conservan: Louis Armstrong Park. Aparte de las excelentes
esculturas dedicadas a los grandes maestros como Louis Armstrong, Buddy Bolden
o Sidney Bechet y otras que rememoran el
acervo cultural de la ciudad (pobladores indios, bandas de metales, comercio de
esclavos) el parque es interesante porque alberga ‘Congo Square’, el único sitio donde los esclavos africanos podían bailar
libremente al ritmo de los tambores en la época de esclavitud. De esas
polirritmias, cantos y danzas bebió el jazz.
Siguiendo por la derecha a la salida del parque, de espaldas
al río, está el barrio criollo de Treme,
mitificando en cierto modo por la serie que lleva su nombre y en el que salvo
que coincida la fecha es difícil ver un desfile callejero. En mis múltiples
paseos por allí no vi ningún club de jazz. Algo que sí abunda en Frenchmen Street, en el distrito de Marigny,
al este del French Quarter. En el número 1443 una mínima fotografía en una
ventana recuerda que Jelly Roll habitó esa casa. Pero no es hasta el tramo
inicial donde empieza la marcha. La calle posee alguno de los clubs más
auténticos de la ciudad: como el Snug
Harbor o el Blue Nile,
nuevamente cerrados por huracán. Otro lugar interesante –en este caso abierto-
es el Spotted Cat. Espléndidamente
decorado y con un ambiente bohemio sin apenas turistas de ‘jazz cliché’ ofrece
varios conciertos al día. Bailes espontáneos, cervezas locales, diversión y
buena música. Las dos veces que pasé por allí coincidieron músicos blancos como
el resto de la clientela. Lo más sorprendente es que, tras el huracán, con todo
el barrio sin luz, el dueño tiró de generador y con un par de focos y un
ventilador, el Spotted contrarrestó las inclemencias con una banda de gipsy a
la que poco importaron las limitaciones energéticas ya que tocaron y cantaron a pelo, sin amplificación. Una bella
metáfora de lo que es Nueva Orleans. A pesar de las adversidades la música
nunca deja de sonar. Por fin.
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Preservation Jazz Hall |
The Saints 20$
La música tampoco deja de sonar en el French Quarter, tanto
en la calle como en los bares, aunque, por lo general, no hay muchos clubs que tengan
jazz verdadero. Los más interesantes
se ubican en Decatur Street, en el límite sur del Quarter, paralela al río. De
los pocos sitios que merecen la pena en la atestada zona de Bourbon Street, está
el Preservation Jazz Hall, un viejo
local de madera, algo incómodo, que cuenta con su banda propia basada
estrictamente en los elementos del jazz tradicional. Loable labor que se hace
más llevadera –para ellos- con los 15 dólares que vale la entrada (de los pocos
que cobraban cover). Llama la
atención la lista de precios para las peticiones: Tradicional (5 dólares),
Otras (10 dólares) When the saints go marchin’ in (20 dólares). Tan gráfico que
sobra cualquier comentario.
Aún así, los club más interesantes según todas las guías y
recomendaciones se situaban bastante alejados del centro turístico y era
aconsejable ir en taxi. Muchos de ellos, como el Funky Butt at Congo Square
tuvieron que cerrar tras el Katrina, pero otros como el Tipitina’s, el Saturn Bar
o el Maple Leaf, dispersos por la
ciudad, siguen en pie aunque como no era seguro que estuvieran abiertos debido
al huracán, no hubo manera de comprobar si merecían la pena. El mito se
transforma en frustración.
Hay que decir, en su favor, que visitar una ciudad en el
transcurso de un inesperado huracán puede resultar una experiencia muy propia –sobre todo si se trata de Nueva
Orleans- pero merma irremediablemente cualquier aspiración cultural que uno
pudiera tener. A excepción del French Quarter, claro. La ciudad puede vivir en
un indefinido letargo pero Bourbon Street nunca ‘cierra por huracán’, es más,
lo reciben con los brazos abiertos. El cóctel de moda: el ‘hurricane’, como no
podía ser de otra manera, causó furor esos días. Todo por y para el turista;
sin perder el sentido del humor. El jazz suena, por supuesto, pero no ese jazz
auténtico que nació de la mezcla de negros, criollos y blancos. Para mezcla, el
intenso aroma etílico, los olores a comida basura y otro tipo de fragancias más
escatológicas que merodean por Bourbon Street y aledaños. Parece mentira que sea
el punto más turístico de la ciudad. Aún así, creo que a pesar de todo, Nueva
Orleans bien merece una segunda oportunidad. Aunque solo sea por desenterrar
ese jazz oculto por el huracán o para darlo, por el contrario, definitivamente
por perdido…
¿Y si los inventores del jazz hubiesen sido JASP?
ResponderEliminarImpagable narración.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarCreo que merece una segunda oportunidad ... Me encanto
ResponderEliminarMe gusta mucho tu blog, tienes un muy buen contenido, saludos.
ResponderEliminarHola Manu
ResponderEliminarprimera vez que leo tu Blogs me gusto mucho te felicito muy buena informacion de Jazz y de nueva orleans. sin duda un a estupenada conjugacion en un solo lugar. vale la pena viajar conocerlas personalmente
Tour Valparaiso