martes, 22 de diciembre de 2015

El regalo de Navidad de Dave Davies


"Strangers on this road we are on
We are not two we are one"

"Dentro de poco es Navidad y este es mi regalo de Navidad para vosotros". Había transcurrido algo más de hora y media desde que Dave Davies iniciara su show en el Islington Assembly Hall de Londres. Nadie imaginaba lo que iba a pasar. Ni siquiera el más optimista de los fans. Tal vez por inesperado fue tan mágico. 

De repente de la parte derecha del escenario, en la penumbra, surgió una silueta. Era Ray Davies. Todos gritamos de emoción, atónitos y excitados. Vestía con camisa de cuadros roja, chaqueta negra, gorra y pantalones vaqueros con vuelta. En la mano portaba una botella de agua. Su aspecto era inmejorable. Los gritos del público iban in crescendo. Un tanto desubicado -como si todo se hubiera improvisado en el último momento-, Ray se dirigió pausado al micrófono de los coros e hizo su habitual comentario jocoso: "por favor un fuerte aplauso para Dave 'Death Of Clown' Davies". Era la frase que todos estábamos esperando, con la que presentaba siempre en los conciertos a su hermano (a pesar de que a Dave no le hacía mucha gracia). Pero esta vez no hubo rencillas.

La ovación fue ensordecedora. Dave sonrió mientras le hacía un gesto para que cantara en el micro principal, como en los viejos tiempos, como si fueran los Kinks. Y allí fue Ray. Después sonaron los primeros acordes de 'You Really Got Me', el Riff, con mayúsculas, la canción que catapultó a los Kinks a la fama en 1964 y que aún seguía sonando fresca y rabiosa. Fue la perfecta cuadratura del círculo. La sensación de vivirlo allí en directo jamás podrá ser descrita con palabras o imágenes.

domingo, 31 de mayo de 2015

Un grito en la plantación



[[Texto publicado el el Anuario del Blues 2014 editado por la Societat del Blues de Barcelona y dirigido por Manuel López Poy]]

Del nacimiento de blues a los primeros discos de raza

Al principio todo estaba en silencio. Silencio que tan solo se interrumpía por el renqueante sonido de los trenes de vapor que cruzaban el país de este a oeste, de norte a sur. Pensemos en una plantación de algodón de Mississippi. Pobreza, marginación y desarraigo juntos en un mismo escenario. A veces la historia nos lo ha vendido como un lugar idílico, pero no lo es. Imaginemos un día de verano, bajo un sol abrasador, unos hombres, negros, agrupados en cuadrillas y ataviados con unos trajes de faena austeros: sombrero, mono y pañuelo para secar el sudor. Se preparan para la jornada. Los aperos de trabajo están dispersos por el suelo. Se alinean, cogen un hacha, la levantan de tal forma que la hoja de la azada mira al cielo como parte de un ritual divino. La golpean con fuerza contra la superficie. La hendidura de la tierra se resquebraja al mismo ritmo que se carcomen sus almas. Repiten esta operación una y otra vez, en una monotonía exhausta que acabar por minar el poco ánimo que les queda, si es que les quedaba algo. Olvidaron su pasado, no conciben el futuro. Solo tienen el presente.

Al otro lado de la zanja, otros negros, esta vez hombres y mujeres, encorvan su silueta en el horizonte para recoger el fruto de la tierra. Las hilachas de la planta del algodón se extienden por todo el terreno, caprichosas, desordenadas, dando al paisaje un color blanquecino que contrasta con el tono seco y anaranjado del astro rey. Aunque aquí no hay noblezas que valgan. La única jerarquía es la del capataz que, a golpe de látigo, reclama más leña al fuego como si del averno se tratase. Y en el fondo, esa plantación no dista mucho del infierno.

De repente, en la lejanía, se oye un eco, un quejido en forma de llamada de auxilio. Un hombre se lamenta por su destino y entona una breve frase. Imprecisa, titubeante, temerosa, sincera. Al instante el resto de hombres le responden en un unísono arrebatador. El primer hombre vuelve a emitir la misma frase. Y la comitiva responde de nuevo. Cada vez son más los hombres que se unen. Acompasan sus fraseos con el golpe de las hachas y con el movimiento de sus cuerpos. Melódicamente, las notas fluctúan levemente la escala del pentagrama, no son afinaciones puras, podrían parecer desafines en los oídos de un europeo formado en la tradición occidental. Esa célula inicial básica y rudimentaria, en formato de llamada/respuesta, constituye la base de un nuevo estilo que en unos años llegará a todos los confines del mundo. Esas notas bemolizadas son las características blue notes, o lo que es lo mismo, una forma tosca de adaptación de la escala pentatónica africana, a la escala diatónica europea. En esa plantación y en otras muchas idénticas del sur de los Estados Unidos surgió una expresión poética para canalizar el dolor. Pasado un tiempo se dio en llamar blues.

miércoles, 29 de abril de 2015

El alma negra de Chicago


Venga, nena, vuelve. Vuelve conmigo. No me digas que no quieres ir. Ven. Ven conmigo. Vuelve de California y vayámonos a Chicago.

Puede que Robert Johnson no pisara Chicago en su vida, o puede que sí. ¿Quién sabe? Giran tantos mitos en torno a su leyenda que cualquier opción parece posible. Lo que está claro es que su famoso Sweet Home Chicago  más que una oda urbana, es una suplica a una mujer, a la que trata de convencer para que se vaya con él a la Tierra Prometida. Ese dulce hogar del que habla la canción estaba, cómo no, en Chicago.

Y es que en los años 20 del pasado siglo, cuando se compuso el tema, Chicago era lo más parecido al paraíso, un lugar de peregrinaje, final de trayecto, gran nudo ferroviario y de comunicaciones. Allí todo estaba por hacer: oportunidades laborales, esperanzas infinitas, empezar de cero. Los incipientes rascacielos de su imponente arquitectura simbolizaban los anhelos de miles de personas. Los negros que huyeron del sur de Estados Unidos en busca de una vida mejor vieron en Chicago esa especie de Tierra Prometida. Lo único que el sueño pronto se convertiría en pesadilla. La ciudad les recibió confinándoles a enormes guetos de infraviviendas donde se hacinaban como sardinas y apenas gozaban de unas condiciones básicas de salubridad. Desigualdad, pobreza, explotación o racismo son tan solo algunos de los daños colaterales de ese gran sueño americano.

Disturbios raciales en Chicago, años 30
La población negra creció exponencialmente. En los treinta primeros años del siglo XX, casi 2 millones de afroamericanos se desplazaron del sur al norte en un fenómeno conocido como Gran Migración. Tennessee, Arkansas, Alabama y especialmente Misisipi fueron los estados de origen. Las ciudades del norte demandaban mano de obra abundante y barata. En los años 40 había un 8% de afroamericanos en Chicago; en los 60 la cifra ascendió a un 23%. El South Side o Barrio Sur se convirtió en el vecindario negro más grande del país (título que aún ostenta).

martes, 31 de marzo de 2015

Nueva Orleans, la cocina del jazz



¿Sabes lo que significa echar de menos Nueva Orleans, añorarla día y noche?

Hay algo en la mitología del jazz que nos conecta directamente con lugares idílicos y remotos. Un territorio oculto en nuestro inconsciente, imaginario y profundamente evocador que nos transporta y nos mece, nos arropa entre sutilezas de melodías y caricias en forma de acorde. Ese eterno retorno de sensaciones tiene un claro punto de partida: Nueva Orleans, la “tierra de los sueños” de la que habla el famoso estándar Basin Street Blues . La mera posibilidad de viajar hasta allí para conocerlo nos fascina y al mismo tiempo nos sublima. Luego la realidad es otra cosa…

La historia del jazz se muestra profusa en alusiones casi míticas a la ciudad sureña americana. Las canciones y los recuerdos de los músicos no se quedan atrás. “Brillaban luces de todos los colores, la música que se oía en la calle provenía de todas partes", recordaba el pianista Jelly Roll Morton. “Solía dormirme con el sonido mecánico del piano ragtime y cuando me despertaba aún seguía sonando”, confesaba el compositor Spencer Williams, creador, entre otras muchas, del mencionado Basin Street Blues. “Durante el Mardi Gras, tío, nos lo pasábamos en grande: había bandas día y noche tocando por las calles”, explicaba el trombonista pionero Kid Ory. “Storyville [el barrio de prostitución] tenía todo tipo de personajes, gente de todo el mundo venía para ver lo que se cocía aquí, había diversión para todos”, evocaba un siempre sonriente Louis Armstrong.

sábado, 28 de febrero de 2015

La noche definitiva de la bossanova

El  Bon Gourmet con lo más nutrido de la bossanova

José Fernandes, conocido empresario y promotor de la noche de Río de Janeiro, se trasladaba a Brasilia y vendía a precio de saldo su restaurante Au Bon Gourmet, situado nada más y nada menos que en la legendaria avenida de Copacabana. Otro empresario, Flávio Ramos, dueño de varios restaurantes, boîtes de poca monta y algún que otro nightclub decadente decidió comprarlo. Lo primero que hizo fue cambiar la vieja decoración de terciopelo rojo por una más acorde a la ocasión: renovó el sistema de luces, adquirió una hilera de focos nuevos, e invirtió en microfonía Shure.

En poco tiempo, el anquilosado Au Bon Gourmet se había transformado en un flamante local de espectáculos con capacidad para trescientas personas. Para la inauguración, el amigo Flávio quiso tirar la casa por la ventana. Quería programar un espectáculo único en Río de Janeiro, de esos que marcaran época y vaya si lo logró. Consiguió reunir -nadie sabe todavía muy bien cómo- a Antonio Carlos Jobim, Joâo Gilberto y Vinicius de Moraes, el tridente más antológico de la música brasileña, en la primera vez que se subirían juntos a un escenario. Por si fuera poco, el programa se completaba con la participación especial del conjunto Os Cariocas, donde ya deslumbraba un joven Baden Powell.

martes, 27 de enero de 2015

Un encuentro inesperado con el rey


Canal Street, cerca de 1900

Centenares de carretas y coches de caballos llenaban las calles. Los postes con las líneas eléctricas parecían como una extensa tela de araña. La gente iba de un lado a otro, con prisa, sin pararse demasiado a las contemplaciones. Los comercios y los mercadillos le impresionaban. El bullicio que se respiraba en el ambiente le producía una estimulante sensación de novedad. Ya desde lo lejos se veían los edificios de varias alturas. El tren entraba por Carrollton Avenue para cruzar después el canal de New Basin. Las casas shotgun, tan modestas como características, las granjas criollas, el pantano rodeado de cipreses, el gran lago. Todo era una novedad para él. 

Corría el año 1905 y era la primera vez que Dutt -así es como le llamaba todo el mundo- pisaba Nueva Orleans. En la plantación Woodland, donde vivía, los días se pasaban entre las ferias del condado, pescar en el río, tirar piedras en la vieja vía del tren o jugar a las cartas. Y bueno, trabajar en el molino, donde se procesaba la caña de azúcar, en una árdua y laboriosa tarea. El padre de Dutt era blanco y sus antepasados provenían de la región francesa de Alsacia. Llegaron a Lousiana tras las migraciones acadianas desde Canadá. Las tardes en la plantación, después de la jornada de trabajo, la gente se sentaba en los porches de las casas a cantar viejas canciones francesas hasta el anochecer. Sus primeros recuerdos musicales, sin embargo, vienen de la naturaleza: el croar de las ranas, el silbido de las serpientes, el correteo de las ratas. También de los procesos industriales de transformación del azúcar: el rugido de las calderas en la cristalización de la caña, el incesante sellado de los barriles o el sonido metálico de las carretillas que transportaban el producto. 

Y por supuesto, las bandas de metales, que desfilaban por las iglesias del condado siempre que había un funeral. Precisamente uno de ellos, James Brown Humphrey, de la Onward Brass Band fue uno de los primeros maestros musicales de Dutt. Pronto comenzó a cantar en grupos vocales y a fabricar sus propios instrumentos. El banjo, moldeado a través de una caja de cigarros, era todo un clásico, pero también guitarras y contrabajos. De alguna manera llegó a sus manos un carcomido trombón de segunda mano lleno de agujeros. Más que sonido, de ese ajado trozo de metal salían burbujas de saliva. Su viaje a Nueva Orleans tenía relación con eso.

domingo, 28 de diciembre de 2014

El blues de la Meseta

 
"En el interior de esta pampa enorme, los pueblos medio en ruinas, a los que de lejos, su color de barro hace que se asemejen a un montón de excrementos de pájaro resecos, pueden sugerir descripciones subyugadoras y pinturas dramáticas", Miguel de Unamuno.

Si existe algún lugar a este lado del Atlántico similar al Delta del Mississippi ese es la Meseta.

La Meseta es nostalgia, soledad y cierta decrepitud. También reflexión, introspección y calma, tan necesaria para estos tiempos vertiginosos. Un decadente aire de aislamiento impregna el ambiente. Los escasos núcleos urbanos, dispersos y cada vez más despoblados, apenas albergan a los más viejos del lugar. En muchos pueblos las escuelas cerraron por falta de alumnos. Al igual que hospitales y centros de salud. Los jóvenes emigraron, cansados de la falta de oportunidades, de las inclemencias meteorológicas, de la rudeza del terreno, de puro aburrimiento o de un compendio de ambas, cualquiera sabe...

Algunas ciudades crecen en población, las mínimas. También en impersonales centros comerciales y urbanizaciones a las afueras sacrificando los edificios históricos, los pequeños cines y los comercios y oficios tradicionales. La mayoría pierden no solo habitantes, también confianza. Se quedan estancadas en un clima de derrota y desesperación, contemplándose el ombligo por un pasado de esplendor y gloria. El pesimismo se apodera de todo, principalmente del futuro, aunque también del presente. Cualquier tiempo pasado fue mejor  parece erigirse como el único lema posible.



En las zonas rurales de la Meseta, aparte de labrar el campo o cuidar el ganado, no hay mucho más que hacer. Ir al bar, a lo sumo, o sentarse a ver el tiempo pasar. Contemplar el atardecer, en un sublime cromatismo de rojizos y ocres, es el momento culmen del día. En invierno cae sobre los helados campos de escarcha, en un cielo ligero y límpido; en verano la atmósfera se torna más pesada aunque se contrarresta con el suave rumor del río y el frescor continental de las noches estivales. El invierno huele a leña, sopa castellana y chuletón de ternera morucha; el verano a barbacoa a la intemperie, a vino de Toro y a tierra húmeda.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Conversaciones con O Sister!: echar de menos Nueva Orleans


O Sister! en campos de algodón de Mississippi

Estaba a punto de acabar el concierto. De repente, sin previo aviso, sonaron los primeros compases de Raskayú, esa enigmática composición del mallorquín Bonet de San Pedro, prohibida por el franquismo, de ritmo trepidante y letra escabrosa "Raskayú cuando mueras que harás tú, tú serás un cadáver nada más". El hombre que estaba delante de mí, de unos 70 años, empezó a mover tímidamente los pies, chasquear los dedos y agitar la cabeza de arriba a abajo. Luego se acercó a su mujer, de edad parecida, y le susurró algo al oído. "¡Esta es de mi época!", es lo que yo imaginé que le pudo haber dicho sin tener, obviamente, certeza alguna de ello. A medida que avanzaba el tema el hombre se venía arriba: intensificaba los chasquidos, seguía el ritmo con un entusiasmo enérgico, con precisión de metrónomo. Al acabar rompió en una sonora ovación, como el resto del auditorio. Su mujer le dio beso en mejilla y él esbozó una ligera sonrisa llena de plenitud. Es la metáfora misma de la música de O Sister! y por extensión del propio jazz, una corriente transformadora de estados de ánimo, generadora de la felicidad más mínima y a la vez más enorme.

Pero que nadie se equivoque, las apariencias pueden resultar engañosas. No es una cuestión de antiguallas, de música muerta o de vacíos ejercicios de nostalgia. Los sevillanos O Sister! están muy vivos y tienen una visión artística reveladora y clara. Son unos treintañeros que se inspiran en los años 30 del siglo pasado para revitalizarlos, captar su espíritu y recordarnos el carácter popular, simpático y esperanzador de los inicios del jazz (como el objetivo de este blog por cierto). Mensaje parecido es el que se escuchó en la voz en off que hizo la presentación de la banda con motivo de su participación en Festival de Jazz de Madrid JAZZMADRID'14, celebrado a lo largo del mes de noviembre en el auditorio de Conde Duque. El concierto de O Sister! precedía en un día al cierre final del festival con la suprema vocalista de Memphis Dee Dee Bridgewater. Casi todos los conciertos de JazzMadrid'14 habían agotado las entradas en lo que ha sido un éxito de público.O Sister! no fue una excepción. No me lo quería perder, aunque mi intención iba más allá: hablar con ellos de su experiencia en Nueva Orleans en el homenaje a sus adoradas Boswell Sisters, viaje que consiguieron gracias al crowdfunding.

lunes, 27 de octubre de 2014

Blue Note Records: la expresión sin concesiones del jazz



"Blue Note records are designed simply to serve the uncompomising expression of hot jazz and swing, in general", manifiesto de Blue Note.
Afuera hacía frío. La noche del 23 de diciembre de 1938, previa a Nochebuena, el ambiente era gélido en las calles de Nueva York. Sin embargo en el interior del Carnegie Hall los ritmos del hot, del swing, del blues y de los espirituales intentaban contrarrestar la temperatura exterior. El promotor y cazatalentos John Hammond, ambicioso, había reunido un plantel de lujo con lo mejor de la música afroamericana en un concierto histórico que se dio en llamar 'From Spirituals to Swing'. Helen Humes, Benny Goodman, Big Bill Broonzy, Sister Rosetta Tharpe... incluso la flamante orquesta de Count Basie. En aquellos años el swing llenaba las pistas de baile, era la música popular de la época y el jazz se encontraba en pleno apogeo.

Entre el público, un joven alemán de origen judío, estaba a punto de experimentar una revelación. Los sonidos del jazz resultaban familiares para Alfred Lion, quien ya había escuchado en su Berlín natal a la orquesta de Sam Wooding y su musical Chocolate Kiddies. Ragtime y síncopas eran banda sonora habitual en la capital alemana durante los años 20, uno de los primeros focos europeos de atracción del jazz. Lion acababa de trasladarse a Nueva York apenas hacía un año, procedente de Chile, donde se había mudado su familia tras dejar Alemania en 1933. De todo el elenco de artistas, curiosamente, lo que más llamó su atención fue la destreza y rapidez de unos pianistas de boogie woogie: Pete Johnson, Albert Ammons y Meade "Lux" Lewis. La magia se produjo. Alfred Lion tuvo su particular epifanía. Era europeo y, como tal, veía en el jazz una forma sublime de expresión artística. Esa visión romántica de la que carecían los norteamericanos.

No perdió el tiempo. Apenas una semana después, el 6 de enero de 1939, en una soleada mañana de invierno alquiló un pequeño estudio durante un día y logró convencer a esos pianistas de boogie woogie para realizar una sesión de grabación. No tenía ni idea de por dónde empezar. Era un fan, no un hombre de negocios. Su gran acierto, decisivo, fue proveer a los músicos de varias botellas de whisky. Regados con bourbon, los dedos bien engrasados de los pianistas improvisaron largos e inspirados solos. Lion no les puso límites, a pesar de que los discos de 10 pulgadas de 78rpm no permitían más de tres minutos de duración. Le dio igual. Grabó material suficiente para dos discos. Imprimió 50 copias de cada uno y se dirigió a la tienda de discos de Commodore en Manhattan, propiedad de Milton Gabler.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Malasaña en formato físico


[[Texto publicado en el número 4 de Jot Down - Rutas. Más información aquí. Fotos: Patricia Cano]]

Un paseo emocional por algunos lugares de Madrid para aprender, debatir  y entender sobre música: las tiendas de discos. Extemporáneas, desfasadas, museos vivientes de una forma particular de aproximarse a la experiencia sonora: el formato físico.

El inconfundible olor a acetato, esas superficies de plástico manoseadas por miles de dedos anónimos, el polvo acumulado en los estantes, los pósteres que evocan ídolos ancestrales, bagatelas mitómanas que ornamentan las paredes, la ambientación musical por encima de los decibelios permitidos por ley... Todo amontonado (a veces apiñado) en pequeños espacios, no aptos para consumidores metódicos y excesivamente organizados. Por (des)orden alfabético, por género, época, nacionales o internacionales. Aquí se premia la paciencia, la reflexión, la búsqueda incansable, aunque a veces también la impulsividad y la intuición. En tiempos vertiginosos, en constante cambio, de tiranía de lo digital, de lo intangible y del almacenamiento en ceros y unos, del comercio electrónico, de las transacciones online, de la nube que no deja ver el sol, de relaciones personales en redes sociales… todavía quedan reductos contracorriente, batalladores, románticos, quizá anacrónicos, donde uno puede adquirir unos extravagantes objetos físicos.

Remansos de paz e ilusión que han vivido épocas mejores, beligerantes con el devenir de los tiempos, se resisten a desaparecer. Para algunos, los más jóvenes del lugar, no son más que unos polímeros con forma de circunferencia repletos de surcos o unos policarbonatos de plástico insuflados por un láser. Para otros, son el motivo último de la felicidad. No se trata del continente, sino del contenido. Cientos de historias se encierran entre sus límites circulares: la primera vez, los primeros besos, los primeros desengaños… pero también los últimos. Cada uno tiene la propia banda sonora de su vida.

Y esos ecos envueltos en ondas imperceptibles nos han llegado a través de los discos que comprábamos en unos lugares llamados tiendas de discos. Cuando todavía se pagaba (masivamente) por ellos. Da igual el formato o la forma, lo importante es lo formidable, por ejemplo, de un ritual cada vez menos habitual: sacar el vinilo de su funda, agitarlo levemente, acariciarlo con un paño especial para librarlo de posibles motas de polvo antes de depositarlo con suavidad sobre el plato del gramófono, levantar expectantes la aguja y llevarla hasta el punto exacto donde todo adquiere una nueva dimensión. Y accionar la palanca. Suspirar ante los primeros acordes. Estremecerse. Es como el origen mismo del universo, un Big Bang de sensaciones indescifrables que nos hacen levitar, alegrarnos cuando estamos eufóricos, deprimirnos cuando estamos tristes o transportarnos siempre lejos, muy lejos…

viernes, 15 de agosto de 2014

Un hombre imaginario: mi entrevista frustrada con Ray Davies


No iba a ser fácil. Lo tenía asumido. Entrevistar a Ray Davies, mi ídolo musical de todos los tiempos, y conseguir colocar esa entrevista en algún medio de alcance era una osadía, un reto demasiado grande que tal vez se me escapara de las manos. Pero había que poner toda la carne en asador. Quién sabe si era la última visita de Ray a España. Solo dos fechas: 20 de julio en La Mar de Músicas en Cartagena (Murcia) y el día 23 en el Jazzaldia de San Sebastián. Me había reservado una semana de vacaciones en función de esas citas. El objetivo estaba claro. Tenía una espinita clavada de su última visita a Madrid, en mayo de 2006, cuando sí que estaba acreditado para entrevistarle en un reducido encuentro con prensa (solo tres medios) en un hotel de Madrid, pero coincidió con un concierto de mi grupo de entonces en Salamanca y no llegué a tiempo. Mi hermano se hizo pasar por mí. Esos momentos de la vida que jamás se olvidan.

Ya las ofertas previas no fueron muy prometedoras. Nadie, ningún medio con los que contacté, pareció muy receptivo a mi propuesta de una posible entrevista "exclusiva" con Ray Davies. Los hubo que ni siquiera contestaron. Suele pasar, nada nuevo. La hermética maquinaria de la prensa musical/cultural de este país... En general la visita de Ray Davies, leyenda viviente de la historia del rock, no parecía despertar especial interés en los medios. Tan solo El Periódico de Cataluña publicó esos días una entrevista que uno de sus periodistas debió hacerle tiempo antes en Londres. Aún así, me guardaba un as en la manga: como iba a seguirle en sus dos fechas en España, propuse un diario de ruta, una crónica de viaje más allá de la meramente musical... algo diferente a medio camino entre lo periodístico, lo emotivo y lo literario. Tampoco sirvió. Afortunadamente María Antonia, responsable de Cuadernos de Jazz, me ayudó desde el primer momento intermediando con la organización del Jazzaldia, facilitándome información y con algo tan simple --quién lo diría-- como mostrar interés. Y por supuesto mis compañeros de Europa Press, pero eso era jugar en casa.

viernes, 27 de junio de 2014

Highway 61, la Ruta del Blues: de Nueva Orleans a Chicago

[[En noviembre de 2012 el suplemento El Viajero de El País publicó mi 'Ruta del Blues', un viaje del que ya he hablado en otras ocasiones. Razones comprensibles de extensión y ajuste a la sección hicieron que el texto se redujera casi a la mitad. Algunos me habéis pedido el original. Por si alguno se plantea hacerla o por el mero disfrute de imaginarla, he decidido publicarlo íntegro aquí, con comentarios personales, sugerencias y reflexiones. Espero que os sirva de estímulo para hacer el que es sin duda el MEJOR viaje posible para conocer las raíces de la música estadounidense. 

Sigo tirando de textos de archivo -disculpas por ello- ya que estoy inmerso en el proceso, nada sencillo, de documentación, redacción y adaptación de lo que será el libro de LA MÚSICA ES MI AMANTE. Os mantendré informados. Gracias por la comprensión]]

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Highway 61 a la altura de Memphis

En el imaginario colectivo de todos, la Ruta 66, la carretera Madre de Norteamericana, no tiene rival alguno como icono popular internacional. Sin embargo su “hermana pequeña”, la Highway 61 o Ruta del Blues, no tan conocida —disco de Dylan aparte—,  plantea un recorrido mucho más iniciático. Profundiza en las entrañas de Estados Unidos: en su historia, en su sociedad, en su idiosincrasia y, cómo no, en su música, para explicar mejor que nadie su maravilloso legado cultural. En su trazado está la respuesta a muchas preguntas que aún hoy nos planteamos. Las raíces del blues, del jazz, del soul o del rock se esconden entre su asfalto. Imposible adivinar a dónde vamos sin saber de dónde venimos. Transitar la Ruta 61 es algo más que un viaje…

Louis Armstrong, Martin Luther King, Elvis Presley o Muddy Waters son tan solo algunos de los personajes legendarios que deambularon por estas carreteras para escribir su leyenda. El comercio de esclavos, los derechos civiles, la segregación racial, el éxito o el fracaso… el gran sueño (o pesadilla)  americano en definitiva. La Ruta 61 sigue el curso inverso del no menos emblemático río Mississippi. Desde el Sur al Medio Oeste. Aunque geográficamente empieza en Nueva Orleans para acabar en  Minnesota, tras más de 2.300 kilómetros, la ruta emotivo-musical se desvía unas millas para finalizar irremediablemente en Chicago.

El 8 de agosto de 1922 un mozalbete llamado Louis Armstrong abandonaba su Nueva Orleans natal a bordo del Illinois Center Railroad con rumbo a Chicago. Allí se convertiría en una estrella. La historia del jazz cambió para siempre. En el mismo mes de agosto, pero 90 años después, quise emular ese viaje y experimentar en carne propia todas las sensaciones de aquellos músicos pioneros. Porque no solo fue Armstrong, muchos otros afroamericanos se vieron obligados a dejar su hogar en el Sur para buscarse un mejor porvenir en el Norte. Es un fenómeno conocido como la Gran Migración. Afortunadamente, mis circunstancias personales nada tenían que ver con esa dramática situación, así que después de meses ahorrando y  preparándolo,  la última semana de agosto, junto a mi pareja, me embarqué hacia la primera parada: Nueva Orleans. Aparte de la banda sonora, como compañero inseparable, el fantástico libro The Blues Highway de Richard Knight.


miércoles, 21 de mayo de 2014

El jazz en el franquismo: paradojas y contradicciones


Adjunto este texto publicado en YOROKOBU -tras una investigación que me llevó meses- sobre cómo se desarrolló el jazz en el franquismo. Para adentrarse en el tema recomiendo la bibliografía y enlaces que incluyo abajo. Como veréis, en esta ocasión, me centró principalmente en los primeros años, la llamada 'fase fascista'. Habrá más entregas...
El 28 de febrero de 1941 La Vanguardia Española —así se denominaba entonces— anuncia en Barcelona “un magno festival de Jazz Hot” organizado por la Obra Sindical ‘Educación y Descanso’ donde forman parte, entre otros, el Quinteto Hot Club de Barcelona y la cantante Rina Celi. El evento tuvo lugar en el Palacio del Jazz, antiguo Circo Olimpia, y asistieron máximas autoridades franquistas como Gobernador Civil, el Delegado de Educación además de “una numerosa concurrencia que aplaudió largamente”.

Unos meses más tarde del mismo año, el 26 de noviembre, el diario ABC, en un artículo titulado “El homenaje de toda España a la Gloriosa División Azul” se hace eco del “gran festival artístico de esta noche en el Price”, iniciativa del Departamento de Prensa y Propaganda de la Delegación Nacional de Sindicatos, “a beneficio del aguinaldo para la gloriosa División Azul”. En este “grandioso programa” del Circo Price madrileño actuaron emblemas nacionales como Estrellita Castro, Imperio Argentina, Conchita Piquer y de nuevo Rina Celi, anunciada como “la primera actuación en España de esta extraordinaria vocalista de Jazz, que adelanta su debut a fin de contribuir al homenaje a los gloriosos voluntarios españoles”. 

La artista catalana Rina Celi era todo un fenómeno de masas entonces. Descrita como “la cantante hot por antonomasia” o “la primera cantante moderna del país” fue también la primera en utilizar el micrófono en escena. “Dotada de un físico aéreo y estilizado, su estilo carente de afectación la convirtió en un ídolo para los adolescentes barceloneses”, escribe José María García Martínez en Del fox-trot al jazz flamenco. El jazz en España 1919-1996, único libro generalista publicado hasta la fecha sobre la historia del jazz ibérico. Llama la atención un detalle: ¿qué hacía la prensa del régimen echando flores a una cantante de jazz, música contra la que, en teoría, estaba en contra?

domingo, 27 de abril de 2014

Cuando las putas vuelven a la ciudad

Lunes de Aguas en Gajates / La Gaceta de Salamanca
[[Hacemos un pequeño alto en el camino en las historias del blues y jazz con este texto publicado en el número 6 de la revista Jot Down 'Políticamente incorrecto' sobre la tradición del Lunes de Aguas, el Padre Putas y la celebración popular en Salamanca. El número está a la venta online aquí así como en kioscos y librerías de toda España que se pueden consultar aquí.]]

Una ciudad que rinde homenaje a sus putas es una ciudad que pervive en la memoria colectiva: al fin y al cabo, estamos hablando de la profesión más antigua y duradera de la humanidad. Por algo será. Nos adentraremos en la historia del Padre Putas, guardián de la Casa de Mancebía y remero ocasional, del jolgorio estudiantil, del desenfreno báquico y pernicioso, del pícaro buscón y de las alegres meretrices que dieron origen a una de las fiestas populares más peculiares e indecorosas que aún hoy pervive: el Lunes de Aguas, en Salamanca. Tal vez la única efeméride ‘oficial’ que rememora el regreso de las prostitutas a la urbe para el disfrute poblacional. Casi nada.

Putas en sobrado, galápagos en charco y agujas en costal no se pueden disimular

Puta ventanera no está ociosa por buena”. Refranero popular.

domingo, 23 de marzo de 2014

Las primeras grabaciones del jazz



Si damos por válida la historia oficial, el primer disco de jazz fue Dixie Jass Band One Step y Livery Stable Blues de la Original Dixieland Jazz Band, publicado por la Victor Talking Machine en mayo de 1917. La sesión de grabación tuvo lugar en Nueva York unos meses antes, el 26 febrero, y también se registaron otros temas como Tiger Rag, que se lanzaría más adelante. Parece ser que hubo una sesión previa con Columbia que nunca llegó a ver la luz porque la compañía no estaba del todo segura de que esa música alocada y poco convencional fuera del gusto del público. Como ya es sabido, fue un error de cálculo garrafal, ya que Livery Stable Blues se convirtió de inmediato en un enorme éxito comercial y expandió la semilla del jazz por todo el mundo.

Esa es, como decimos, la versión oficial, no implica que sea la verdadera. Ya hemos visto en más de una ocasión la facilidad con la que el jazz es capaz de inventar y crear mitos, a veces basados en recuerdos borrosos, otras en hechos poco probados. Los nebulosos años de inicio del jazz, donde los registros de todo tipo escasean, son  proclives a construir leyendas, más aún si tenemos en cuenta que el término "jazz" como tal, apenas se utilizaba y solía confundirse con ragtime o música hot. Por tanto, aunque es verificable que la Victor Talking Machine editó en 1917 el famoso disco de la Original Dixieland Jazz Band, no sabemos realmente si fue el primero. ¿Por qué iban a ser unos chicos blancos de Nueva Orleans los que grabaran en Nueva York el primer disco de jazz de la historia? ¿Si el jazz empezó a gestarse con el cambio de siglo XX, por qué hubo que esperar casi veinte años para escuchar un disco de jazz? ¿Cómo discriminar las grabaciones de jazz del resto de registros de música negra de la época? Muchos quisieron apuntarse el tanto de ser "el primero". La tarea no es fácil...

martes, 25 de febrero de 2014

Jazz y nazismo en París ocupado



[[Recupero para los seguidores del blog este artículo publicado en JOT DOWN en abril de 2013, aunque inicialmente fue concebido para CUADERNOS DE JAZZ. Se trata de una investigación sobre la escena jazzística en el París ocupado por los nazis. Justo acabo de entregar otro artículo sobre las contradicciones del régimen de Franco hacia el jazz que se saldrá en breve, también en JOT DOWN. Espero que este os sirva de aperitivo.]]

La guerra introdujo el jazz en Europa. Esta afirmación que puede resultar chocante es tan real como paradójica. Los soldados norteamericanos que lucharon en la Primera Guerra Mundial no solo portaron sus armas, sino también su música al viejo continente. Las unidades militares  a menudo se hacían acompañar de bandas, generalmente formadas por negros, que interpretaban marchas y ragtimes. La del 369º Regimiento de Infantería, los Hellfighters, destinados en Francia y dirigidos por el teniente James Reese Europe,  interpretaron en 1918 números sincopados tanto para militares aliados como civiles galos. Gracias a grupos como ellos, el jazz llegó con algunos años de retraso, pero de manera triunfal. Es curioso cómo, a pesar de ser una música popular de origen afroamericano, enseguida gozó de la admiración entre las clases más pudientes. Artistas e intelectuales vieron en el jazz un signo de modernidad.

Fundamentalmente Inglaterra, Francia y Alemania fueron los países donde más rápidamente se asentó. Durante los años 20, Berlín se erigió como la capital europea del jazz debido a su intensa actividad nocturna en cabarets y salas de baile. El Wild-West-Bar programaba hasta seis bandas de jazz en una misma noche. En los 30, ese privilegio correspondió a París.  Los músicos, escritores y pintores de Montparnasse acudían al Club Bobino para ver cómo la afamada bailarina negra Josephine Baker se desnudaba a ritmo de charlestón. Music-halls, tabernas, bistrós o nightclubs de la Ciudad de Luz, enloquecían con los sonidos negros venidos del otro lado del Atlántico.  El jazz se benefició de los movimientos literarios y asimismo inspiró a poetas y bohemios. La locura era tal que el distrito de Montmartre era conocido por entonces como el ‘Harlem de Europa’.

lunes, 10 de febrero de 2014

Nueva Orleans y el jazz 'perdido'


Cruce entre Perdido  y South Rampart

 [[ En plena fase de documentación y revisión de la bibliografía de Nueva Orleans y los orígenes del jazz, recupero un antiguo texto publicado en Cuadernos de Jazz en octubre de 2012 sobre mis impresiones tras visitar por primera vez la ciudad; el mito caído ]]

La confluencia entre Perdido y South Rampart  es mucho más que un simple cruce de calles. En ese punto exacto se situaba el Odd Fellows Hall, uno de los antros que encumbró a Buddy Bolden como primer rey del jazz. Justo en el piso de arriba estaba el Masonic Hall Ballroom, detrás el Eagle Saloon, a unos metros, el emblemático Funky Butt, lugares donde el primigenio jazz de Nueva Orleans tomó su forma. El propio Bolden nació y creció a unas calles de distancia y frecuentaba las tiendas y tugurios de la zona.

El mismo bloque, en el número 427 de South Rampart, acogía el domicilio de los Karnofsky, familia judía que apadrinó a Louis Armstrong  y jugó un papel fundamental en su desarrollo musical. Gracias al dinero ganado trabajando para ellos, el pequeño Louis pudo adquirir su primera corneta. No era raro, además, verle pasear con su carretilla para repartir carbón por los establecimientos del barrio. De hecho, Armstrong pasó su infancia, en  el 1223 de la calle Perdido, a escasas manzanas de allí.

En los difusos años que comprenden el cambio del siglo XIX al XX, el área Perdido-South Rampart fue el vecindario –entre otros muchos- de Jelly Roll Morton, el ‘inventor’ del jazz; de Joe ‘King’ Oliver, maestro de Armstrong y fundador la reputada Creole Jazz Band, o de Nick LaRocca, de la Original Dixieland Jazz Band,  primera banda de jazz en grabar un disco. Lo más laureado del jazz de Nueva Orleans. Algunos historiadores han llegado a bautizar este vecindario como el Storyville negro. Por ello, el cruce entre Perdido y South Rampart no es un punto más del callejero de Nueva Orleans, sino que podríamos aventurarnos a describirlo como el verdadero lugar donde surgió el jazz.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Resumen de 2013 y nuevos proyectos en 2014

Tranquilos. Esto no es una de esas listas resumen (otra más) con 'lo mejor de 2013'. Simplemente pretendo hacer un breve compendio de los asuntos tratados durante el año, invitaros a leer algún tema si se os ha escapado y compartir con vosotros un proyecto relacionado con el blog que me ocupará buena parte de 2014.

Pero antes de nada, debo pedir disculpas porque en los últimos meses no he podido cuidar LA MÚSICA ES MI AMANTE como se merece y apenas he emprendido nuevas investigaciones sobre jazz o blues. El motivo no es otro que en 2013 me ido surgiendo colaboraciones en otros medios y me he visto literalmente desbordado por las peticiones. Estoy encantado por ello y ha sido un honor porque muchas de ellas se han producido en buena medida gracias al trabajo en el blog, pero no me ha quedado otro remedio que priorizar el tiempo y las fuerzas. Por ello, como habréis podido observar, he recurrido a mostrar en el blog algunas de esas investigaciones para otros medios. Por ejemplo el artículo sobre La llegada del jazz a Inglaterra, publicado en septiembre en Cuadernos de Jazz, un trabajo que me llevó varios meses de documentación y elaboración.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Expediente Armstrong: El caso ‘Little Rock’ y los archivos ocultos del FBI


My only sin is in my skin”, ‘Black and blue’.

((NOTA: Recupero este artículo antiguo publicado en julio de 2012 en Cuadernos de Jazz después de una investigación que me sugirió su difunto director Raul Mao al que estaré siempre agradecido. Hay muchos más artículos en esta línea de Cuadernos de Jazz y otros medios que iré recuperando para compartirlo con los lectores del blog.))

La década de los 50 trajo a Louis Armstrong una merecida reputación. Más que la fama —que nunca buscó— lo que le interesaba principalmente era el cariño del público. Durante los años anteriores, la carrera de Pops (apodo cariñoso) había ido aumentando en notoriedad. En los años 30 y 40 era habitual verle colaborar con las grandes estrellas del jazz del momento, realizando multitudinarias giras por Europa o participando en películas de Hollywood.

Los lectores de la revista Down Beat le eligieron en 1952 como “la figura musical más importante de todos los tiempos” por delante de Duke Ellington, Glenn Miller o incluso Bach. En plena escalada de popularidad, cuando ya había demostrado todo lo que tenía que demostrar desde un punto de vista musical e innovador, Louis se vio envuelto en un asunto turbio relacionado con unos sucesos raciales, en el conocido como ‘caso Little Rock’.

En 1954 la Corte Suprema estadounidense prohibió la segregación racial en las escuelas; negros y blancos deberían convivir pacíficamente en las aulas por imperativo legal. Pero en Little Rock, Arkansas, no lo entendieron así. El gobernador Orville Faubus quiso mantener las escuelas blancas. En un instituto, una muchedumbre blanca recibió a padres y niños negros entre gritos, insultos y escupitajos. El suceso fue muy comentado en todo el país y acaparó la atención de los medios de comunicación.

miércoles, 30 de octubre de 2013

La (intra)historia de un ingeniero de sonido


Las grandes historias, en general, ocultan tras de sí un sinfín de pequeñas e irrelevantes intrahistorias que, en la mayoría de los casos, pasan desapercibidas pero sin las cuales esa historia en mayúsculas -esta en concreto, solemne y grandilocuente donde las haya- no tendría sentido. En esta ocasión damos un importante salto estilístico y temporal en LA MÚSICA ES MI AMANTE para introducir brevemente la intrahistoria de un personaje, que no por secundario resulta menos atractivo y revelador.

A finales de los años 50, Geoffrey era como cualquier adolescente inglés de su edad. Antes de que su vida cambiara para siempre, su mayor preocupación era asistir a la escuela y buscarse un trabajo para poder pagar sus caprichos. Bueno, como cualquiera no: a Geoffrey le gustaba la música clásica, los discos de vinilo antiguos y escuchar la radio por la noche. Era el hijo único de un carnicero y una ama de casa con aspiraciones de modista, que llegó a tejer vestidos para la familia real británica. Vivía en el norte de Londres, en el barrio del Crouch End, en un modesta pero feliz casa de clase media, de estilo eduardiano, que pertenecía a su abuela. En los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial su padre se las vio y se las deseó para sacar adelante a la familia a fuerza de trabajo y cartillas de racionamiento.