viernes, 26 de septiembre de 2014

Malasaña en formato físico


[[Texto publicado en el número 4 de Jot Down - Rutas. Más información aquí. Fotos: Patricia Cano]]

Un paseo emocional por algunos lugares de Madrid para aprender, debatir  y entender sobre música: las tiendas de discos. Extemporáneas, desfasadas, museos vivientes de una forma particular de aproximarse a la experiencia sonora: el formato físico.

El inconfundible olor a acetato, esas superficies de plástico manoseadas por miles de dedos anónimos, el polvo acumulado en los estantes, los pósteres que evocan ídolos ancestrales, bagatelas mitómanas que ornamentan las paredes, la ambientación musical por encima de los decibelios permitidos por ley... Todo amontonado (a veces apiñado) en pequeños espacios, no aptos para consumidores metódicos y excesivamente organizados. Por (des)orden alfabético, por género, época, nacionales o internacionales. Aquí se premia la paciencia, la reflexión, la búsqueda incansable, aunque a veces también la impulsividad y la intuición. En tiempos vertiginosos, en constante cambio, de tiranía de lo digital, de lo intangible y del almacenamiento en ceros y unos, del comercio electrónico, de las transacciones online, de la nube que no deja ver el sol, de relaciones personales en redes sociales… todavía quedan reductos contracorriente, batalladores, románticos, quizá anacrónicos, donde uno puede adquirir unos extravagantes objetos físicos.

Remansos de paz e ilusión que han vivido épocas mejores, beligerantes con el devenir de los tiempos, se resisten a desaparecer. Para algunos, los más jóvenes del lugar, no son más que unos polímeros con forma de circunferencia repletos de surcos o unos policarbonatos de plástico insuflados por un láser. Para otros, son el motivo último de la felicidad. No se trata del continente, sino del contenido. Cientos de historias se encierran entre sus límites circulares: la primera vez, los primeros besos, los primeros desengaños… pero también los últimos. Cada uno tiene la propia banda sonora de su vida.

Y esos ecos envueltos en ondas imperceptibles nos han llegado a través de los discos que comprábamos en unos lugares llamados tiendas de discos. Cuando todavía se pagaba (masivamente) por ellos. Da igual el formato o la forma, lo importante es lo formidable, por ejemplo, de un ritual cada vez menos habitual: sacar el vinilo de su funda, agitarlo levemente, acariciarlo con un paño especial para librarlo de posibles motas de polvo antes de depositarlo con suavidad sobre el plato del gramófono, levantar expectantes la aguja y llevarla hasta el punto exacto donde todo adquiere una nueva dimensión. Y accionar la palanca. Suspirar ante los primeros acordes. Estremecerse. Es como el origen mismo del universo, un Big Bang de sensaciones indescifrables que nos hacen levitar, alegrarnos cuando estamos eufóricos, deprimirnos cuando estamos tristes o transportarnos siempre lejos, muy lejos…


No hace falta irse al otro lado del mundo y recorrerse la Ruta 66 de Las Vegas a Los Ángeles para vivir emociones fuertes. Bueno, se puede intentar, pero es más caro. Aquí al lado podemos experimentar sensaciones parecidas. Algunos piensan (pensamos) que Malasaña es el centro de la galaxia. El madrileño barrio en honor a la heroína  —sí, a esa también— de nombre Manuela, no sale en ningún callejero de la ciudad  (la denominación oficial es Universidad), pero está en todas las guías de tendencias del globo. Se podría decir que es una de las zonas que identifica culturalmente a Madrid, no solo por la archinombrada Movida ­—más utilizada por los viejos modernos que el “espíritu de la Transición” por los viejos demócratas—,  sino también por su efervescencia callejera,  por su ímpetu transgresor y sobre todo por ser una de las áreas de la capital que están en continua reformulación. Cada día se inventa un nuevo Malasaña. Se abren nuevas boutiques de diseño, creperías, hamburgueserías, cafeterías donde degustar los dulces más trendies, puestos hot dog de estilo americano, locales de comida para llevar, pizzerías (esa simbiótica relación del barrio con la comida italiana), restaurantes de todo tipo, bares de copas, librerías,  espacios de coworking… y  —ahí es donde queríamos llegar— tiendas de discos. Puede que pasen desapercibidas para el ciudadano medio, desde luego no resultan un reclamo turístico para los millones de visitantes que inmortalizan la Puerta del Sol cada año. El caminante de mirada invidente posiblemente haya pasado de largo por ellas sin percatarse de los tesoros que en su interior se esconden. El habitante del barrio tal vez sepa de su existencia, pero quizá no haya profundizado mucho más. Los asiduos las consideran su segunda casa. Por eso desde aquí queremos proponer un paseo sosegado y estimulante por algunas de las tiendas de discos que quedan en Madrid.

Podríamos tirar de clásicos como La Metralleta, en el pasaje comercial de Tahona de las Descalzas, el paraíso del vinilo, donde se puede comprar la edición original del With the Beatles siempre que se tengan seiscientos euros a mano. O La Gramola, con su doble sede en Callao y en la calle San Bernardo, repleta de turistas y coleccionistas. En la calle la Salud, Eduardo de Discos Melocotón imparte lecciones gratuitas de  historia del rock, de filosofía musical y de fundamentos de la mitomanía tan solo con preguntarle por algún vinilo. Algo muy recomendable, ya que encarna la figura del “viejo rockero nunca muere” elevada a la máxima potencia, One of the survivors que diría Ray Davies. Edu Melocotón suelta perlas como “el rock tiene que ser para molestar al vecino”. Sus ahora escasos pelos, ya canosos, han sido testigos en primera persona de los acontecimientos más relevantes del mundillo en los últimos treinta años. Hablando de dinosaurios del rock, Edu y todos los anteriores visitaban en su juventud la pionera Toni Discos en Martín de los Heros —en activo desde 1976—, una tienda donde se respira una atmósfera especial: el auténtico espíritu del rock and roll. Hay muchas más, quién lo diría, concentradas por el centro de Madrid que dan para rutas musicales individuales. Sin embargo vamos a focalizar el paseo en un área más localizada para transitar por el moderneo malasañil con una perspectiva musical diferente. Son más de las que hubiéramos imaginado y además no están todas las que son. En el lugar más inesperado puede surgir una nueva…

Radio City: la última en llegar

“Nos han educado en el formato”

Empezamos nuestro recorrido a la inversa, en la que con total seguridad sea la tienda de discos en activo más reciente que ha abierto en Madrid, y eso que lleva más de ocho años (otras abrieron pero tuvieron que cerrar). En el número 14 de la calle Conde Duque, casi en frente del cuartel, nos encontramos con Jesús, el amable dueño de Radio City, un lugar donde declaran sin complejos: “nos gustan los discos”. Anteriormente se ubicaba en la cercana Plaza de los Guardias del Corps, pero contra todo pronóstico encontraron un local más barato y más amplio en la demarcación actual. Radio City es un clásico de la zona, a pesar de su juventud. Decorada con gusto, acogedora, con la música en su punto de intensidad, invita a pasar la tarde sin excesivas prisas. Tiene hasta algún sofá que otro. Por allí pasan clientes de todo tipo, pero predominan de treintañeros para arriba. “El que viene a comprar es militante”.  No cree del todo en el fin del CD, “nos han educado en el formato”, aunque reconoce que el vinilo le ha ganado la batalla actualmente. “El formato físico se va a mantener”.

En el catálogo de Radio City se pueden encontrar vinilos y cedés de “rock and roll y satélites”, según define él mismo. Artistas conocidos y menos conocidos, gemas ocultas, discos de portadas llamativas y con un cierto aire independiente, si es que se puede no considerar independiente a alguien hoy en día dentro del negocio musical. Una mezcla ecléctica en la que conviven en armonía una diva Motown, la última sensación folk americana o la colección de todas las grabaciones de Louis Armstrong y los Hot Five, por marcar algunos extremos del satélite del que habla Jesús. Para él, uno de los valores añadidos de las tiendas pequeñas es el trato cercano con el cliente. “Nuestra misión es asesorar y también hacer de filtro”. Y efectivamente eso hace Jesús, en una charla distendida mientras coloca algunos discos o responde al correo electrónico. Se muestra optimista con respecto al negocio musical: “ya hemos tocado fondo, peor no puede ir”. Aun así piensa que hoy por hoy Barcelona está mejor que Madrid en lo que se refiere a tiendas de discos. ¿Está el Malasaña musical en declive?


Up Beat Records: ska en la calle más moderna de Malasaña

“La piratería afecta menos al vinilo”

Declive o no, lo que sí está claro es que hay una calle de moda en el ‘vecindario de Manuela’: ese será nuestro siguiente destino. Pasamos de Conde Duque al centro del meollo en apenas unos minutos de paseo entre terracitas, parques infantiles, iglesias y tiendas de chinos. Avanzamos por las angostas y sucias aceras del barrio de Universidad. Ahora puede parecer raro, pero hace unos años la calle Espíritu Santo no estaba repleta de los establecimientos más cool de Malasaña, ni siquiera de comercios, a lo sumo alguna pollería o tienda de ultramarinos. Uno de los primeros en establecerse fue Alberto con su Up Beat Records, situada en el número 8. “En realidad, para hacer justicia, los primeros fueron los de ‘El Templo del Susu’ y después nosotros”, Alberto no quiere apuntarse tantos que no le corresponden. Habla pausado, en un tono sereno, pedagógico. En los tiempos muertos, “que no son tantos”, suele leer o actualizar el catalogo de discos de la web. Para los aficionados al reggae y al ska, Up Beat supone más que una referencia: tiene el honor de ser la única tienda especializada  de todo Madrid. “Vendemos exclusivamente soul, jazz, reggae y derivados como funk, ska, dub... de los años 60 y 70, o artistas actuales que se mueven en esas líneas”. Lleva desde 2002 con el proyecto. Al principio no fue fácil pero han conseguido consolidarse. Bueno, hasta que llegó la crisis. “De dos años o así para acá, los efectos de la crisis nos han afectado como a todo el mundo y ha bajado el nivel de ventas, aunque seguimos al pie del cañón y esperamos que por mucho tiempo”.

La tienda es amplia y luminosa, está perfectamente dispuesta para encontrar lo que buscas o dejarte encontrar. Vinilos nuevos, reediciones y originales de Bob Marley o Theloniuos Monk como joyas de la corona. “Tenemos también libros, revistas y algo de ropa orientada al público que compra esta música”, comenta Alberto. Debido a la exclusividad de su producto, no considera competencia a las grandes superficies, ni a las tiendas online. Ni siquiera la piratería, ya que venden un tipo de música muy determinada, a un público fiel al que le gusta tener el original en sus manos. “Hemos trabajado siempre vinilo que también va por un derrotero al que le afecta menos el pirateo”. Lo que a Alberto le sorprende (no será el único) es que la gente joven ya no escucha música en un equipo de sonido, sino que se conforma con el móvil o con el ordenador. “Los tiempos han cambiado y a menudo rebobinamos el reloj”. Ya lo cantaba Cole Porter allá por los años 30 en “Anything goes” (Todo vale). ¿Premonición? O acaso la historia es cíclica… ¿Quién compra discos? La pregunta del millón. Se la hacemos a Alberto. “Desde luego los músicos no, por aquí no he visto muchos”. Esto es una constante que observaremos más veces. Alberto tiene más éxito entre los guiris turistas que entre los músicos que viven por el moderno y bohemio Malasaña…

Jazz y más: and all that Jazz!

“He vendido discos a Wayne Shorter”

Nos desplazamos un par de calles más abajo, hasta el número 33 de La Palma, casi al lado de la Plaza del Dos de Mayo. Hay que ir con atención porque si no es fácil saltársela. La pequeña y coqueta Jazz y Más, la única especializada en jazz de Madrid, está justo en el portal de al lado de la Escuela de Música Creativa. Eso en principio podría beneficiarla. Así lo pensó Montse, la madre de la criatura, cuando la puso en funcionamiento en la década pasada. Pero no es así. “Los músicos apenas compran discos y los jazzistas, menos”. Montse habla con una claridad meridiana, no es de andarse con rodeos. Locuaz e hiperactiva, sabe del negocio musical más que un directivo de discográfica (vale, tampoco es difícil). Y en concreto domina los entresijos del jazz con la misma verborrea con la que destila todo tipo de anécdotas sobre sus personajes. Anécdotas que ha vivido en primera persona. Durante mucho tiempo, hasta que Fnac lanzara una OPA hostil, fue la tienda oficial del Festival de Jazz de San Sebastián. Todos los veranos, junto con Álex, su marido, montaba el chiringuito en el norte, cenaba con las estrellas del festival —sabe secretos de Pat Metheny que ni su propia guitarra— y vendía discos a grandes del jazz como Wayne Shorter,  Ornette Coleman  o Brad Melhdau con idéntica naturalidad con la que habla con sus amigos. Porque en Jazz y Más compran amigos, no clientes. De hecho, los que van entrando la saludan con dos besos.

La conversación con ella es como un solo de John Coltrane, no sabes a dónde va a llevarte. Tan pronto saca pecho por ser una de las pioneras en vender partituras de jazz (los famosos Real Book) en Madrid, como despotrica contra Amazon por hacerle la competencia desleal. “Dan un precio más bajo que mi precio de coste”. Aconseja con mimo, conoce los gustos de sus amistades. “A algunos les digo ‘no te compres este disco que no te va a gustar’ y luego vienen y me dicen ‘pues me ha gustado’”. Tampoco es infalible, sí honesta. En la tienda ofrece sobre todo cedés de todas las épocas del jazz, cajas recopilatorias, DVD, algo de música clásica, vinilos selectos y muchos libros y material didáctico. También atiende su tienda online y actualiza su Facebook, donde da buena cuenta de todas las novedades que le van llegando. Cada vez se está introduciendo más el souvenir jazz, la típica figurita del saxofonista negro. En una feria vio papel higiénico con cifrado de partitura. Espera no tener que venderlo nunca. Lo jura y lo perjura, pero “nunca se sabe”. Le encantaría que su calle estuviera repleta de más tiendas de discos. “Eso me haría ser más competitiva”. El jazz siempre ha estado en crisis. Por eso ahora no es especialmente pesimista. La clave: adaptarse a las circunstancias. “Soy flexible porque soy pequeña”. Después de una frase tan lapidaria llega el momento de partir, aunque uno podría estar hablando con Montse toda la vida. Ya en la puerta, en la despedida, suelta su último bombazo: “¿sabes que Universal ha comprado todo el catálogo de Blue Note Records? Bueno, creo que aún no es oficial…” Demasiado tarde.


Big Mamma: un cuadro de Dalí retro soul

Tengo la tienda por tenerla

De camino hacia al último destino, te topas casi sin quererlo con el mercadillo del Dos de Mayo, donde, entre otras cosas, hay unos puestos con vinilos interesantes a un precio asequible. Superada la tentación de sentarte en alguna de las terrazas o meterte en una pizzería, llegamos a la calle Divino Pastor, 22. Con total probabilidad la parada más alocada de toda la ruta. Big Mamma abrió en 2006 y ya desde entonces Diego, su dueño, sabía que la supervivencia no iba a ser fácil. Pero de momento ahí siguen, aunque el mercado no sea muy grande. Su especialidad es el soul, el funk, la música negra de los años 60, y también el pop-rock, el blues y el jazz. Siempre con un aire retro. “Mirándolo fríamente hay motivos para cerrar, tengo la tienda por tenerla”. Y porque el local es de su familia y no tiene que hacer frente al alquiler, pero está claro que no se va a hacer rico con esto. Uno de los motivos que achaca Diego es que no está situado en un lugar de paso o turístico. “Como máximo vienen unas 10 personas al día”. Aunque a tenor del movimiento de gente durante la estancia allí cualquiera lo diría. No venderán mucho, pero hablan con todo el que pasa por allí. En menos de media hora entra el electricista (le deben cuatro euros de una chapuza), un fotógrafo amigo, otra vez el electricista, la señora de la tienda de ropa de al lado, el tercer intento del electricista (se está poniendo pesado y se queda sin cobrar) e incluso un cliente. La sensación de camarote de los Hermanos Marx le da un atractivo toque surrealista a la experiencia.

La decoración de Big Mamma parece un cuadro de Dalí llevado a la época de la Blaxploitation: pósteres de las Supremes al lado de un grandes éxitos de Rocío Jurado, vinilos de “Barrelhouse blues” junto a una maleta de revistas antiguas con Raphael en  portada. Iconoclastas y horror vacui. Pero si algo define la puesta en escena de la tienda es el socio de Diego, un búlgaro llamado Krasimir, y su entrañable perro Charly, amigo de todos los niños del barrio, ya que la puerta de la tienda siempre está abierta. Ambos son muy diferentes. En teoría, el socio se encarga de los discos hip-hop y Diego se centra más en la música blanca, como el rock, folk, country, beat o garage. El impredecible y divertido Krasimir siempre está sentado al otro lado del mostrador con su Facebook abierto en el portátil, en una mano la cerveza del chino y en otra un cigarro (la Ley Antitabaco no llegó a Bulgaria). Interrumpe bruscamente la conversación para dejar claro que no son una tienda para disc-jockeys, a pesar de tener bastantes vinilos de segunda mano. Charly custodia la puerta como el guardián que es, se echa la siesta en las escaleras sin inmutarse. De vez en cuando entra en la tienda y se te sube encima. De repente llega Krasimir con un disco de Pata Negra y pincha “Ratitas Divinas” a toda mecha. Flamenquea como si fuera del Puerto de Santamaría de toda la vida. Luego te explica que con los discos hay que arriesgar y trae vinilos de esos que no se encuentran en Spotify: “Jeros”, “María Vargas”, un LP con la portada de una foto de Franco y un texto que reza “25 años de paz”. La visita culmina con una discusión (sana) entre todos los allí presentes sobre qué etapa de Aretha Franklin es mejor. Al cliente le gusta la de Columbia, Diego prefiere la de Atlantic, Krasimir sigue pinchando flamenco. Charly no se pronuncia.



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